Por Arturo Aqualungo
Comunicar a través de la fotografía, para mí, es dominar la luz, entender las emociones, reconocer el territorio que piso y sentir el alma del sujeto. También implica un discurso metodológico y técnico que se aprende con los años. Todo eso comenzó cuando estudié fotografía dentro de la carrera de Ciencias de la Comunicación. Ese camino me llevó, poco a poco, a conocer los usos y costumbres de mi pueblo y de mi país, hasta convertirme en Guía de Turistas a nivel federal.
San Sebastián Xolalpa, poblado perteneciente al Pueblo Mágico de San Juan Teotihuacan, es el lugar donde nació uno de los proyectos más importantes de mi vida: la fotografía de pirotecnia. Siempre quise realizarlo desde que estudiaba la carrera, hace más de 15 años, pero los altibajos económicos no me lo permitieron. Fue hasta que, gracias a Dios, pude adquirir mi primer equipo fotográfico profesional, que comencé —hace un par de años— a retratar con mi lente las tradiciones de donde vengo.


He documentado danzas como la de los Achileos, la Danza de Moros y Cristianos, los pueblos, su gente y un sinfín de actividades que forman parte de nuestra identidad. Sin embargo, lo que más me ha marcado es retratar el oficio de los cueteros que trabajan en el Valle de Teotihuacan.
De ahí nació mi fascinación por los castillos, los toritos y las fiestas patronales. La magia que ocurre cuando la pólvora entra en reacción química y se transforma en luz es algo que solo se puede entender viviéndolo. Sé que las tradiciones cambian, se transforman y se adaptan con el tiempo —como todo en la vida—, y los mexicanos tenemos esa capacidad de adaptarlo todo a lo bueno. Por eso también quiero documentar esa transición, mientras la vida me lo permita.


El pasado domingo 25 de enero de 2026, tuve la oportunidad de capturar momentos profundamente emocionantes durante las festividades patronales dedicadas a San Sebastián Mártir. En los castillos no solo aparecían figuras de arte sacro en honor al santo, sino también símbolos del pasado: la Serpiente Emplumada, rodeando a un personaje con características de Guerrero Águila, tocado de plumas y flores que han permanecido desde épocas mesoamericanas hasta nuestros días.
La feria era un universo en movimiento. Podías ver el ritual de los Voladores de Papantla, mientras a su alrededor los juegos mecánicos giraban sin descanso. Algunos subían a la rueda de la fortuna; otros, al bajar, se detenían a jugar canicas con la esperanza de ganar un premio. Familias enteras reían, corrían y se encontraban entre el algodón de azúcar y la música.



Los olores eran parte esencial del recorrido: frituras, elotes, pambazos, café, tacos, pan de feria, sopes, flautas y dulces típicos acompañaban cada paso. Visualmente, el ambiente era igual de placentero: calles adornadas de colores, banda sonando a lo lejos, risas mezcladas con la pólvora y, al fondo, los castillos iluminando la noche junto con los conciertos.
Hoy te invito —amiga o amigo que lees desde cualquier parte del mundo hispano— a mirar mis fotografías, a imaginarte aquí y, ojalá, a visitar el próximo año este lugar que retraté. Porque en San Sebastián Xolalpa se cuidan las tradiciones y porque, cuando cae la noche, se convierte en un pueblito verdaderamente pintado con luz.


Arturo Hernández
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